Globalrhetoric’s Blog

Gabriel García Márquez The Nobel Prize in Literature 1982

Sus Majestades, Sus Altesas Reales,
Amigos:

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya
distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes
orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano
celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de
escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como
sombras tutelares, pero también como la evidencia, a menudo
agobiante, del compromiso que se adquire con este honor. Un duro
honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que
en mí entiendo como una más de esas lecciones con las
que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente
nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya
única y desoladora recompensa suelen ser, la mayoría de
las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me
interrogara, allá en ese transfondo secreto en donde solemos
trasegar con las verdades más esenciales que conforman
nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi
obra, que pudo haber llamado la atención de una manera tan
comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos.
Confieso sin falsas modestias que no me ha sido facil encontrar
la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo
hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez
más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la
poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves
que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado
por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal
y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje
de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal
de la Edad Media. La poesía que con tan evidente como
milagrosa totalidad rescata a nuestra América en Las Alturas
de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y
donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños
sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de
la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y
contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato
siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus
esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el
testimonio de mi devoción por sus virtudes de
adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos
poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo,
con toda humildad, como la consoladora evidencia de que mi
intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes
a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas,
Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba
concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

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